Un corredor de autos, un agente de bolsa, un aladeltista y un policía cuentan que se sienten más vivos cuanto más en riesgo ponen sus vidas
ALTO, CADA VEZ MAS ALTO
Lo suyo es el placer por los vuelos sin motor. Pájaro incansable, Flavio Galivisi (40) pasó la mitad de su vida surcando cielos de todo el mundo en aladelta. Aún hoy, ya como dueño e instructor (el único en Buenos Aires) de aladelta y parapente en Fly Ranch (kilómetro 65 de la Ruta 2, La Plata), jura que lo disfruta como nunca. Aunque admite que no todo fue siempre color de rosa. "Cuando empecé, hace 20 años, aprendí prácticamente solo, con un instructor medio trucho que luego supe que jamás había volado en su vida. En fin, me compré un aladelta y me fui a Córdoba.
En el primer intento me subí a una montaña, salí corriendo al vacío y confié en el ala. Caí al precipicio y me quebré el brazo. En mi segundo vuelo, me quebré un hueso de la cara. Pero sobreviví a los primeros 20 vuelos; me quebré piernas, brazos, dos costillas...", detalla entre risas. La adrenalina ya no es cosa de todos los días para Flavio.
Los vuelos de bautismo y los cursos de aladelta lo obligan a volar con más precauciones, lejos de riesgos innecesarios. "Cuando volás solo, ya te da adrenalina el hecho de tener que tomar decisiones todo el tiempo, buscando térmicas (corrientes de aire caliente que empujan al aladelta hacia arriba).
A medida que vas tomando experiencia, querés probar más cosas con el ala, acrobacias, maniobras arriesgadas que se van poniendo más peligrosas. Si tus primeros giros los hacías a mil metros, los últimos los hacés a cien metros, casi sin margen. Se busca la adrenalina haciendo maniobras cada vez más cerca del piso.
Es arriesgar un poco más tu vida". Durante 6 ó 7 horas diarias, por momentos a tres mil metros de altura y con alas que pueden llegar a los cien kilómetros por hora, Galivisi disfruta contarlo: "Al estar ahí arriba, colgado, tu cabeza flashea. Te sentís muy grande por estar ahí, y muy chiquito porque te das cuenta de que no sos nada en el cielo. Creo que la adrenalina en los deportes extremos es necesaria. Porque te genera miedos que hacen que tomes precauciones.
El día que pierda el miedo dejo de volar, porque es lo que me mantiene vivo. Y la adrenalina te mantiene todo el tiempo despierto. Cuando aterrizás, te da un placer porque superaste todo. Y ahí te cae el cansancio". Y él, que voló en La Rioja junto a cóndores de tres metros, asegura que en el aladeltismo hay que estar consciente de que se coquetea con la Parca. "Muchos se han quedado en el camino. Yo, por ejemplo, desde que empecé a volar perdí 7 amigos. Entiendo a los pilotos que se matan: sabían los riesgos y murieron haciendo lo que les gustaba".
Dejo link para el que quiera leer la nota entera: http://www.clarin.com/diario/2007/01/28/sociedad/s-01352840.htm .
FLor!..